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jueves, 16 de septiembre de 2010

El Hombre Genérico

Alejado de la identidad cultural y de lo local y a la vez favoreciendo esa especie de cultura sin cultura, o cultura sin identidad, que podemos llamar la cultura genérica, vemos al hombre genérico, como producto propio de esta fría realidad.
El hombre genérico ha sido reconocido en infinidad de lugares a la vez, “enfermando” las diversas culturas del mismo mal extraño y destructivo de la identidad. Es muy probable que muchos de nosotros no seamos un hombre genérico, pero sin duda alguna conocemos alguno, porque su existencia es cada vez más frecuente y a medida que los niños y adolescentes se van haciendo adultos, estos se van multiplicando entre nosotros. En lo personal, yo me considero uno, a lo mejor porque soy pretencioso, o a lo mejor porque tengo razón y estoy en este momento realizando una de las acciones más propias de dicho ser humano, escribiendo un blog en aras de comunicarme de forma impersonal y distante con el mundo entero, en vez de acudir a mis allegados físicos y compartir mis ideas localistas con ellos, y también he estado leyendo las ideas de los otros, unas veces en silencio, las otras veces comentando brevemente. El hombre genérico es producto de las nuevas tecnologías, en vista de que se ve obligado a confrontar su propio mundo tangible y físico, conformado por aquellos que le rodean, con ese otro mundo que muchos consideran aparente, el mundo virtual, constituido exclusivamente por ideas y por sensaciones intelectuales. El hombre genérico depende de la tecnología para hacerle ver el mundo como un concepto manejable. Así, es gracias a internet y toda esta serie de dispositivos tecnológicos que hoy en día impactan notoriamente nuestras vidas, que el hombre genérico logra estructurar su modelo del mundo alejado de todo lo local.
Ya había dicho anteriormente que este hombre surge en ese lugar sin historia que solemos llamar periferias urbanas y que se caracteriza por ser sumamente uniforme, de naturaleza fractal debido a que las mismas unidades fundamentales pueden ser observadas en escalas cada vez mayores, estructurando un paisaje urbanística y culturalmente plano. El hombre genérico tiene que vivir necesariamente en este lugar, porque debe crecer y formarse alejado del influjo cultural de los centros urbanos, que usualmente concentran la cultura local de forma tan densa que todos los hombres y mujeres que crecen en sus predios, sin remedio, ven absorbidos todos sus impulsos individualistas y liberales, pues los centros culturales de las ciudades son agujeros negros que toda forma de cultura posiblemente competitiva atrapan dentro de su horizonte de sucesos hasta su denso núcleo, donde siempre se tritura sin remedio ni posibilidad de perdón dicha competencia. Así, solo en las periferias urbanas, alejadas del horizonte de sucesos urbanocentrista, el hombre genérico puede sobrevivir.
Sin embargo, no toda periferia es tampoco propicia para el surgimiento, desarrollo y expresión del hombre genérico. En aquellas periferias urbanas caracterizadas por la ausencia de dispositivos de comunicación contemporánea, en donde la precariedad surge como forma de solución para muchos de los problemas sociales y físicos, aquellos lugares en los cuales la comunicación personal es, al igual que en el centro, la única forma de comunicación posible o culturalmente válida, el hombre genérico encuentra también dificultades para su existencia y supervivencia. Por ejemplo, aún estando lejos de Manhattan, el centro urbano y cultural de Nueva York, para todas las personas en el resto del mundo, influenciadas fuertemente por los medios de comunicación de la Metrópoli americana, es posible de hecho reconocer incluso en el acento, la forma de conducirse y hasta de moverse, al hombre y a la mujer criados en el Bronx neoyorkino. El Bronx es la perfecta muestra reconocible a nivel mundial de que las periferias también pueden crear nuevas centralidades y nuevos agujeros negros. Acá en Maracaibo, la mayor parte de los barrios marginales se encuentran también en las periferias de la ciudad, coexistiendo muchas veces junto a urbanizaciones de clase media y alta en una extraña mezcla social. Dichos barrios se caracterizan por ser una suerte de circuitos culturales cerrados, de los que ninguna luz emana hacia el resto de la ciudad, verdaderos agujeros negros que absorben a todo aquel que habite en sus predios. Sin embargo, estos agujeros negros no son completamente egoístas como sus parientes celestes, sino que esparcen sus chispas hacia el resto de la ciudad, en donde es posible observar el terrible y amargo producto de su malevolente naturaleza. Del barrio marginal surge un nuevo hombre localista y cultural, con una identidad muy propia, completamente absorbido por el colectivo. Los barrios marginales (los podríamos llamar slums), crean redes de comunicación entre ellos tan extensos en el caso latinoamericano que podrían considerarse una suerte de gran océano sobre el que flotan las placas tectónicas aisladas e incomunicadas de los barrios no marginales. Estos barrios pobres son una forma de centralidad cultural, que sorprendentemente se encuentran físicamente desconcentrados, pero la uniformidad de su cultura revela que los barrios también construyen hombres y mujeres con identidad cultural. Son hombres y mujeres culturalmente “marginales”.
El hombre genérico debe vivir también alejado de esta nueva centralidad cultural, que en el caso latinoamericano se ha revelado excesivamente extensa e influyente, por lo cual en nuestro continente es particularmente extraño ver al hombre genérico caminar por nuestras calles, mientras que en otras partes del mundo es mucho más frecuente.
El hombre genérico, como vemos, no depende exclusivamente de estar alejado de la centralidad histórica de las ciudades, sino que también debe vivir alejado de las nuevas centralidades culturales que surgen en las periferias. Muy difícilmente de Manhattan o del Bronx surja verdaderamente un hombre genérico y cuando surgen en los extraños casos en los que tal cosa pasa, este debe tratar de pasar desapercibido, en silencio absoluto, intentando no llamar la atención de nadie, de ninguno de sus  vecinos. El hombre genérico puede ser aceptado como un intruso extraño a tal ambiente, como un turista interurbano o un visitante particularmente extraño, pero si surge desde las propias entrañas de la urbanocentralidad cultural, esta podrán en alerta sus anticuerpos y atacarán sin contemplaciones al producto extraño. Imagino, por ejemplo, a un joven habitante de Santa Lucía que en algún momento muestre cierto aprecio por formas de expresión musical distintas a la gaita y que de hecho llegase a manifestar cierta indiferencia y hasta antipatía por el ritmo folklórico propio de ese barrio. Este joven sería sometido a un cruel ataque psicológico comenzando, probablemente, desde la propia entraña de su familia, pasando por sus vecinos y amigos del barrio, quienes lo llevarían a rastras hasta las tradicionales parrandas, moliendo poco a poco todo viso de manifestación anticultural. Algo similar podría ocurrir en el barrio en donde es el vallenato el ritmo rey, o en el Bronx, en donde el “rap” es el equivalente.
El hombre genérico surgirá solamente en los ambientes sedados y planos de las urbanizaciones, parcelamientos y conjuntos cerrados de clase media y tal vez de clase alta, en medio de un ambiente físico racional, silencioso y distante, en donde ciertos valores individualistas predominen. Estos hombres surgirán posiblemente de familias en las cuales el trabajo es el medio de sustento suficiente y eficiente y en donde la formación intelectual es estimulada y deseada entre sus miembros. El hombre genérico puede surgir en estas zonas urbanas con mayor facilidad ya que dichas zonas son de por sí genéricas, surgidas las más de la veces de proyectos arquitecturales y urbanísticos que parten de las mismas premisas organizacionales desde el punto de vista espacial y funcional, manifestación a la vez de una ideología tecnocrática y uniforme, caldo de cultivo para la reproducción en masa de formas de vida.
El hombre de clase media en todo el mundo es el principal candidato a convertirse en el hombre genérico, y es que en todas las culturas aparentemente es este el que comparte los valores y ciertas formas de entender el mundo con sus pares distantes, mientras que las clases bajas surgen de un lodazal humano, en donde solo la podredumbre y la autodestrucción desesperanzada es posible y que las clases altas surgen de las esferas de poder más elevadas, usualmente aquellas que dominan y fabrican la cultura dominante, absolutamente resistente a todo cambio. La clase media es, por naturaleza, intelectualmente más versada, dada su educación y moralmente más libre, pues ella es la fuerza motora y creadora de las sociedades. En lo personal, no me sorprende que los hombres y mujeres de clase media en las más diversas culturas del mundo se parezcan tanto entre sí, más allá de las evidentes diferencias raciales o de vestimenta culturalmente aceptada.
Sin embargo, es el recurso de la tecnología el que permite el surgimiento definitivo del hombre genérico. En 1994, cuando Koolhaas publica La Ciudad Genérica, aún la computación era, en cierta medida, un asunto no tan común para muchas personas, pero ya para ese momento las ciudades estaban preparándose para recibir el nuevo tipo de influjo cultural para la que serían escenario en el futuro. Y es que, en efecto, la ciudad es una construcción cultural y muchas veces, es una construcción que se adelanta a los tiempos o, más bien, comienza a manifestar ciertos síntomas de cambio producto de nuevas fuerzas silenciosas que no son evidentes en el primer momento. El hombre genérico no podía manifestarse con la facilidad con la que lo hace hoy en día, porque el internet era un invento muy reciente, la tecnología era muy costosa y el proceso de aprendizaje era un paso necesario que no todos dieron a la vez, por lo cual la masa crítica no se conformó sino hasta unos años después, cuya primera manifestación pública y que llamó la atención del mundo entero fue, posiblemente, la “burbuja punto com”. Si bien al principio estas nuevas tecnologías parecían ser una especie de servicio accesible para todos y que tenían por fin simplemente “alegrarnos la vida”, facilitar ciertas cosas, etc., no es menos cierto que con el pasar de los años la red internacional fue deviniendo en un nuevo mundo, un mundo virtual, que ofrece una posibilidad en absoluto detestable: la de incrementar los sentidos del hombre, hacernos ver más allá de lo local, de lo cercano, de lo evidente y compartir ideas con otras personas que de otras formas habría sido imposible contactar. Ningún otro medio de comunicación ha logrado influir en la vida del hombre con tanta fuerza como lo ha hecho la tecnología informática y eso es seguro.
Al inicio, internet pareció ser visto como una suerte de gran negocio dirigido a manejar enormes cantidades de dinero inorgánico y ser convirtió en depositaria de expectativas por parte de capitalistas de riesgo que no vieron el verdadero potencial de esta red. Al final, cuando el estallido del 2000 obliga a desaparecer una gran cantidad de elementos y formatos inútiles, abriendo paso para la verdadera tecnología, con google.com a la cabeza, nuevos formatos, nuevas ideas, nuevas formas de comunicación comenzaron a intercambiarse entre personas de todo el mundo a través de chats, foros y comentarios, a través del “Messenger”, ese milagroso programita que nos permite conocer a gente de todo el mundo, evolucionando poco a poco hasta nuevas formas de comunicación electrónica como los blogs y las redes sociales, que nos permiten entender el mundo en otro contexto.
Esta plataforma tecnológica no ha creado al hombre genérico, el cual sospecho a existido siempre y en todos los contextos, pero lo ha masificado, ha permitido que seres humanos, hombres y mujeres que normalmente no habrían podido acceder a la grandeza del mundo de no ser por este medio extraordinario, habrían tenido que permanecer aislados del mundo junto a sus vecinos dentro de su identidad cultural.
El hombre genérico es aquel que, por alguna razón, logra potenciar su mente y su estado intelectual más allá de lo local y de lo común y de forma consciente o inconsciente las más de las veces, ingresa a una comunidad mundialista, cada vez más abierta y diversa, a la vez que con el tiempo es siempre más uniforme. Sin embargo, no debemos confundirnos y suponer que todo usuario de tecnologías es un hombre genérico. Pululan por la red millones de usuarios que realizan miles de millones de actividades electrónicas, sin embargo, las más de las veces no superan su estatus de usuarios. Este hombre es un ser aún cultural, que utiliza los medios electrónicos como medio de facilitar su vida, más que como forma de facilitar su visión del mundo. Acude al correo electrónico para intercambiar correspondencia, pero lo hace de la misma forma en la que esto se hizo en el pasado; utiliza el facebook o el twitter como formas de intercambio de ideas, pero no entiende en ellos más que una suerte de gran plaza local para encontrarse con “amigos”, los cuales no necesariamente van a potenciar su vida o su existencia ni van a incrementar su patrimonio mental ni su poder como ser humano.
El hombre genérico, en cambio, entiende las tecnologías de forma diferente. Internet le sirve a él para ampliar sus sentidos y su comprensión del mundo, ya no solamente para enterarse de las cosas o para leer noticias, sino para entenderlas de forma integral. Crea redes sociales pensadas no para compartir hedonística basura sin ningún valor real. En cierto blog, por ejemplo, he leído que si un día llegase a desaparecer completamente Facebook, en internet en realidad nada pasaría, ya que el 99% del contenido de esta gigantesca web es “basura inservible”, pero que si llegase a desaparecer la tan socorrida wikipedia.com, internet sufriría una de las más grandes pérdidas, equivalente, tal vez, a la pérdida de la biblioteca de Alejandría.
Y es que, en efecto, si comparamos facebook.com con wikipedia.com notamos una diferencia absoluta desde el punto de vista cultural. Facebook.com es simplemente una extensión del mundo cultural, que ha llevado sus “tentáculos” y la logrado penetrar el mundo virtual, haciendo de facebook.com el equivalente de una plaza pública física, en la que los chismes sin contenido importante pululan. En facebook.com todos nosotros nos enteramos de chismes de personas que muchas veces no conocemos y que no nos interesan, sabemos que ciertas personas están en una relación o que rompieron y nos enteramos si “fulano” y “zutano” son amigos o no. Sin embargo, la gran desgracia de Facebook.com es que  esta web simplemente no sirve para absolutamente nada en la vida. Estoy de acuerdo en el hecho de que si llegase a desaparecer por completo en este mismo instante, en realidad el mundo virtual no sufriría una pérdida importante.
Wikipedia.com, en cambio, parte de una filosofía enteramente genérica, lo cual es el fundamento del mundo virtual en sí. Wikipedia.com es construida de forma colectiva, pero en realidad podríamos sugerir que se trata de una enciclopedia autogenerada. Wikipedia.com es un lugar sin identidad, sin localidad definida y sin texturas culturales de ningún tipo, completamente contraria a facebook.com, que reproduce en el mundo virtual y a la misma escala, las mismas relaciones del mundo físico. ¿Por qué la desaparición de wikipedia.com sería una gran tragedia mientras que la desaparición de facebook.com no significaría virtualmente nada? Porque wikipedia.com, como todo lo genérico, se nutre de la inteligencia del mundo, sustrae conocimiento del hombre y lo importante no es en sí crear lazos ni crear relaciones personales, sino construir un mundo que tiene un valor en sí mismo gracias al profundo contenido que este posee. En cambio, facebook.com se nutre de la vacuidad personal, de los pensamientos usualmente pasajeros de la gente, tal cual como frases dichas en un momento a las amistades. Facebook.com es un amplificador de ideas, pues las expande entre todos los contactos de una persona, sin embargo, esta amplificación usualmente no tiene ningún contenido importante o válido universalmente y termina siendo lo mismo que gritar tonterías en una plaza pública. Son muy pocos los que usan facebook.com para intercambiar ideas más que chismes ya que la propia estructura de la red está creada para supeditar el contenido a la identidad. Y de nuevo, si facebook.com desaparece en este mismo momento, la gente podría seguir haciendo lo mismo que hace allí pero en físico.
Facebook.com está sobrevalorada, sin duda alguna, ya que es difícil creer que una web cuyo contenido es casi todo basura pueda costar los supuestos 11.500 millones de dólares que se le atribuyen. ¿Qué puede haber de valioso en los chismes locales de la gente? En términos realistas, facebook.com tiene el mismo valor de las culturas locales, es decir, ellas valen cada una para sí mismas, pero si las ponemos en el contexto de la generalidad, del mundo entero, cada cultura en realidad no tiene ningún valor, salvo aquello que produce para el saber universal. El destino de facebook.com será el mismo de myspace.com, que tenía una filosofía similar, sin contenido real, reducida actualmente a una gran web sin contenido importante, por lo cual el mundo la fue olvidando lentamente, sustituida por las nuevas redes sociales, pero estas redes carecen de contenido igualmente, por lo cual es casi seguro que terminarán aburriendo tarde o temprano a sus usuarios y estos se moverán hacia otras webs de forma silenciosa. En cambio, ningún usuario de la red puede dejar de usar google.com o wikipedia.com, por lo menos si este la usa de forma real. Estas dos web tienen en sí contenido, son construcciones propias de lo genérico y son usadas principalmente por el hombre genérico.
A este ser humano la pérdida de los valores culturales no le importa mucho y, de hecho, hasta la celebra, en vista de que sabe que entre menos cultura de identidad habrá mayor llaneza social y humana, confiriendo poder al ser individual a la vez que a los colectivos consientes. Y es que el hombre genérico es un ser poderoso ya que puede discernir entre lo lógico y lo ilógico con mayor facilidad que el hombre cultural, el cual encuentra en los errores culturales (religiones, costumbres, folklore, etc.) los fundamentos para juzgar las cosas.
Es en las culturas más cerradas en las que el hombre genérico puede crear mayor impacto, por ejemplo, en el cerrado mundo musulmán serán las venideras generaciones de mujeres que crecen ahora viendo modelos de comportamiento femeninos en el resto del mundo en las que ellas están reivindicadas como seres socialmente completos y en los que han logrado adquirir cuotas de poder verdadero (llegando en muchos países y con cada vez mayor frecuencia a los más altos cargos políticos, empresariales y culturales), la que deban pasar por el proceso de “alienarse” del mundo que la rodea. Es evidente que los traumas que dicho impacto causa sobre la cultura local es enorme, sin embargo, no podemos dejar de juzgar objetivamente tal hecho como un gran avance para la liberación verdadera de un importante grupo de seres humanos atrapados por la que es, posiblemente, la cultura masiva más destructiva y dictatorial que actualmente sobrevive en el mundo. El mundo occidental pasó por etapas similares, al igual que los países del lejano oriente, pero estos momentos han sido superados en la medida en que seres individualmente consientes y poderosos han cambiado sus actitudes y han movilizado con sus acciones a las sociedades hacia nuevas direcciones.
Aunque desde afuera es difícil juzgar lo que ocurre en el mundo musulmán, creo ver, en lo personal, manifestaciones que parecen estar movilizando a dicha cultura hacia nuevos derroteros, en los que, tal vez, se vea obligada a enfrentar una fuerte crisis interna, hacia una especie de gran cisma histórico, similar al Renacimiento occidental o a la Ilustración. Pero dicho sisma sería, a diferencia de lo ocurrido en el pasado de Europa y América, una construcción mucho más colectiva, en vez de una ruptura causada por la irrupción de héroes con una terquedad extraordinaria. Las sucesivas protestas que de vez en cuando están brotando en Irán contra el régimen despótico de dicho país, surgido de la pureza más extrema de la cultura musulmana, se ven impulsadas nada más y nada menos que por colectivos que se comunican ideas de forma instantánea y secreta, silenciosa e incontrolablemente, como si las ideas fueran impulsos eléctricos y cada ser humano una neurona en el cerebro, que en conjunto conforman una nueva acción que lleva a la movilización.
Cada hombre genérico es poderoso por sí mismo porque puede discernir de forma objetiva y puede juzgar al mundo desde su óptica tendiente al análisis, pero el poder se revela avasallante desde el punto de vista colectivo, en donde ninguna restricción cultural parece tener esperanzas en medio de acciones que inmediatamente se transmiten por cualquier medio electrónico, con lo cual la idea se multiplica a sí misma de forma orgánica y exponencial, hasta que la sociedad entera se ve invadida por ella. Y a medida que la tecnología avance, la naturaleza genérica del ser humano contemporáneo se hace cada vez más intensa y predominante, pues el hombre siente cada vez mayor placer al saberse poderoso y definitorio en la historia.
Un hombre común, se mueve un poco hacia lo genérico el día que escucha la radio por primera vez y luego ve la televisión. Sin embargo, avanza enormemente le día que tiene un teléfono, lo que le permite adquirir cierta libertad comunicativa. Cuando obtiene un celular es incluso más evidente este cambio esencial en su persona. El día que tiene una computadora y entra a internet conoce el mundo virtual, pero su conversión será definitiva el día que logra utilizar la red para modificar al mundo y a la vez para concebirlo. El hombre genérico es como un dios, ya que logra ver y saber más allá de su mundo local y a su propia elección, pero es un dios indiferente a las expresiones locales, pues ha comprendido que lo importante de la interconexión no es en realidad “conocer otras culturas” (frase fresa muy recurrida por las agencias de viaje) sino extender su mente y buscar crear conexiones que solidifiquen su propia concepción. El hombre genérico, si bien siente poder en sí mismo, luego busca crear una masa crítica con otros como él, por lo cual comienza a escribir un blog, se anota en grupos de discusión, lee con atención diversas páginas y a veces entra en contacto con sus creadores o articulistas, se convierte en un wiki-pedista, wiki-narrador, wiki-testigo. A diferencia de las ideologías políticas primitivas, en el mundo contemporáneo lo colectivo se crea desde lo individual y no al revés. No existe el colectivo ideológicamente perfecto que va moldeando al “hombre nuevo”, sino que existe el “hombre genérico” que construye junto a otros una masa móvil e incontrolable de datos que se convierten en un colectivo poderoso, coordinado e in-encausable, lo cual es el terror de todo régimen político autoritario y culturalmente fundamentado.
No es de extrañar que este tipo de regímenes políticos en diversos países intenten a toda costa, las unas veces con mayor éxito que en otras, mantener a sus poblaciones sumidas en su ignorancia, a la vez que crea un discurso que les hace creer que han abierto sus ojos, cuando los tienen más cerrados que nunca. Esos seres humanos (en Venezuela, los chavistas incondicionales al presidente, por ejemplo, o los opositores socialistas al gobierno) están en realidad cautivos dentro de la vorágine cultural que creó los monstruos dominantes en esas sociedades. Allí (en mi caso local particular, puedo decir, aquí mismo, en la esquina cerca de mi casa) la lucha es a muerte entre la cultura y la anticultura generalizadora, en donde el hombre cultural continúa observando el mundo desde una perspectiva limitada a su cuerpo, viviendo su realidad mecánica, mientras el hombre genérico parece sugerir en cambio una visión integral de los asuntos, desafectada de toda emoción, como un robot, viendo la realidad de manera formal, lo cual causa terror en el otro.
Las grandes masas sociales de nuestro mundo aún pertenecen a las culturas y aún están atrapadas dentro de la vorágine de su propia limitación física, pero a medida que las sociedades van teniendo un acceso cada vez más directo e inevitable con las tecnologías que las convertirán en “ciudadanos del mundo”, en telepolistas o “interciudadanos”, habrá razones para pensar la situación del hombre irá mejorando, ya que seremos más poderosos nosotros, los hombres y mujeres de verdad, en vez de confiar nuestros destinos a los avariciosos y pérfidos hombres y mujeres de Estado.

lunes, 30 de agosto de 2010

Hacia una Cultura Genérica

En 1994 el arquitecto Rem Koolhaas publicaba “La Ciudad Genérica”, probablemente uno de los primeros textos en el mundo entero que exploraba el problema de la desaparición de las identidades culturales y que no solo consideraba dicho acontecimiento inevitable, sino positivo. Me imagino que muchos conservacionistas habrán puesto el grito en el cielo al leer las terriblemente provocativas y revolucionarias palabras del arquitecto holandés. Por supuesto, me imagino que dicho texto no habrá llegado a las grandes masas, ya que este no fue escrito en términos de política general o de teoría política, sino que explora el asunto más bien desde el punto de vista urbano, un tema que, me temo, a la gran mayoría de la gente le parece terriblemente incomprensible en el mejor de los casos, y aburrido en el peor y más sincero.


Una de las cosas más interesantes que dice Koolhaas es que la identidad está conformada por una serie de elementos físicos, limitados, contenidos en la arquitectura del pasado. La ciudad, por lo tanto, debe su identidad entera al Centro Histórico y toda la validez de la ciudad como concepto proviene de allí. Sin embargo, Koolhaas indica que la perversidad de este modelo ha llevado a que masas cada vez más crecientes de seres humanos terminen convirtiéndose en hombres desarraigados de su propia civilización y en ciudades con periferias tal vez millones de veces más grandes que sus centros y con mucha más población, pero que carecen de significado en vista de que su madre originaria vive para robarles el show.

En términos sencillos, podría hablar de mi propia experiencia urbana, como hombre de periferia. Acá en Maracaibo existe una fuerte cultura de centralidad, con una terrible parafernalia propagandística “urbanocentrista”. Miles de gaitas (para aquellos que no lo sepan, es la música folklórica del Estado Zulia y que se vuelve un ritmo nacional en diciembre), de poemas, de artículos de opinión en los periódicos y un largo etcétera, una y otra y otra vez nos recuerda a cada habitante de esta ciudad que existe un centro, el centro de Maracaibo, el lugar urbano originario. Cada gaita parece quejarse del derribamiento del Saladillo (un antiguo barrio de la ciudad, el más grande y “tradicional”, el cual fue derribado por completo en la década de los setenta como parte de un proyecto de remodelación urbana que tuvo resultados desastrosos, de hecho, llamado por muchos urbanistas como el “peor desastre urbanístico” en la histórica de Venezuela, y algunos incluso dicen que el peor desastre urbano en América). Estas canciones lastimeras, sin embargo, parecen llegar a oídos sordos. Y he aquí la razón en las palabras de Koolhaas y en el punto de partida de mis ideas. Lamento decirlo con tal franqueza, pero incluso yo siendo arquitecto, debo decir que me importa un bledo que hayan tumbado el Saladillo. ¿Por qué esa insensibilidad histórica? Es muy simple, porque yo nunca lo conocí. Para cuando yo nací, el Saladillo posiblemente ya tenía diez años de desaparecido y desde que tengo uso de razón el centro de la ciudad ha sido lo que actualmente es. Para mí, ese es el centro.

Para el momento en el que desaparece el Saladillo y virtualmente el 80% del centro de Maracaibo, la ciudad debía tener alrededor de 500.000 habitantes. Hoy en día, de esos 500.000 habitantes no todos están vivos y los que lo están, virtualmente se han visto diluidos en medio de los aproximadamente 2.300.000 habitantes actuales de la ciudad. Las matemáticas son muy simples y tajantes en ese punto: hoy en día en Maracaibo, menos del 20% de los habitantes llegó a conocer el centro como fue, y posiblemente muchos de ellos eran pequeños y muy jóvenes, así que tampoco les impactó en demasía su remodelación, por lo cual no es de extrañar que a una gran mayoría de los habitantes de esta ciudad dichas gaitas quejosas les parezcan en realidad palabras alienígenas.

Ahora bien, aún suponiendo que el centro existiese actualmente como fue antes, sucedería lo mismo que pasa con otras ciudades del mundo con sus centros intactos, tal cual como ocurre con Londres, París o Manhattan, en donde esa reducida proporción de terreno que da toda su identidad a la ciudad es demasiado pequeña para ser compartida por todos y en que es cada vez menos significativa para las generaciones más jóvenes, destinadas a vivir en la periferia urbana para siempre, sin posibilidad de conocer con exactitud lo que ocurre en el centro.

En cierta oportunidad vi en “Sex and the City” (el programa de HBO) un capítulo que trataba sobre las monstruosidades ocultas de los hombres (ya saben, todo en el programa trataba al final sobre sexo). El personaje de Miranda (la pelirroja), descubre que su amante de turno es un hombre tan encerrado por la vida de Manhattan que ha pasado más de diez años consecutivos sin poner un pie fuera de la isla, ya que para él, fuera de allí no existe más nada en Nueva York ni en el mundo. Y es que, en efecto, al pensar en Nueva York, quienes no tenemos la fortuna o el infortunio de conocer dicha ciudad, inmediatamente vienen a nuestra mente imágenes de Manhattan, su centro urbano y cultural. Sin embargo, a la vista de las estadísticas, hasta la propia Miranda terminaría siendo en realidad una monstruo alienígena al mundo contemporáneo, casi enteramente periférico. Para quienes tenemos por afición (o en mi caso, como profesión) estudiar y re-crear los fenómenos físicos de las sociedades humanas (arquitectura, urbanismo, geografía, etc.), hemos descubierto que si comparamos el área de Manhattan con el área total de la Zona Metropolitana de Nueva York notamos cuan ridículamente minúsculo resulta el centro respecto a la periferia.

Eso fue lo que descubrió Koolhaas y eso fue lo que expuso desde el punto de vista urbano: la identidad (el centro), le ha quedado demasiado pequeña a la sociedad, porque la mayor parte de la sociedad vive en la periferia, la cual él llama la “Ciudad Genérica”, es decir, una ciudad sin historia, una ciudad fractal, repetitiva, en comparación con el centro, sedada y apacible, pero que es el escenario real de la vida de la mayor parte de los seres humanos. Aquellos que viven en los centros, aquellos que viven en Manhattan (en el caso de Maracaibo, los que viven en Santa Lucía, el único barrio que sobrevivió casi intacto a las máquinas demoledoras de los setenta), son una minoría extraña y que me atrevería a decir, ridícula, que vemos con cierto desdén. Las costumbres de Carrie eran atrayentes para los habitantes de Nueva York que la veían siempre por T.V. simplemente porque a ellos mismos les parecían costumbres extrañas. Y es que debemos recordar que la mayoría del los Neoyorkinos tiene que pagar para atravesar un puente o un túnel que los lleve a Manhattan (Koolhaas los llama “gente de puente y túnel”). Y aquí, Santa Lucía es una atracción turística para aquellos que vivimos en la periferia, precisamente, porque nos entretiene ver a esa gente tan particular que allí vive, que aún hace parrandas gaiteras los fines de semana (en vez de vallenato, rock, salsa, merengue o lo que sea, lo cual es lo usual en las periferias), pero tal entretenimiento trae una risa vedada y culpable, porque en el fondo, todos los consideramos, en algún grado, ridículos.

El texto de Koolhaas me ha llevado a reflexionar y a descubrir que lo mismo está pasando en el resto del mundo y con el resto de las cosas. Las culturas tienden a desintegrarse en la medida que las poblaciones crecen y que sus propias identidades quedan en exceso pequeñas para dichas costumbres. He aquí que nos encontramos ante una sociedad enfrentada cada vez con mayor ferocidad contra sí misma, ya que la minúscula parte que nos queda de identidad se niega rotundamente a morir, mientras que las grandes masas la encuentran cada vez más insignificante.

Tal insignificancia es en todo sentido: insignificante en el sentido de que la cultura tradicional permanece siempre del mismo tamaño, mientras que las periféricas culturales crecen hasta puntos supremamente distantes, por lo cual la cultura inicial se hace proporcionalmente cada vez más pequeña en comparación con el conjunto de la sociedad; e insignificante en el sentido de que a medida que tal cultura identificadora y originaria es cada vez más inaccesible, va perdiendo su significado para las masas.

La mayoría de los seres humanos de hoy en día habitamos en la periferia, en ciudades gigantescas en las que el acceso al centro es cada vez más restringido y complicado, a la vez que vamos encontrando en dichas periferias más significados vitales, pues allí aparecen los nuevos símbolos de nuestra sociedad: el “Shopping Mall”, la autopista, los nuevos parques temáticos y parques verdes, los grandes campus universitarios, son fenómenos ahora periféricos, a la vez que se convierten en los nuevos símbolos de ciudadanía. Lugares anónimos y vastos como la periferia, con temperatura controlada y llenos de elementos estimulantes y apaciguadores a la vez, con temáticas seleccionadas cuidadosamente, estos nuevos centros urbanos identifican al hombre periférico. Allí, la ciudad genérica se convierte en la sociedad genérica, a la que todos asisten a los nuevos espacios públicos, a las nuevas galerías y plazas eminentemente destinadas al consumo y al entretenimiento, al hedonismo característico del hombre actual.

La sociedad genérica se revela como una sociedad en apariencia clasista, a la que no todos tienen acceso por igual, puesto que no todos pueden entrar al “mall” libremente, bien sea porque no tienen los recursos para pagar la entrada, para consumir al estar dentro o porque ni siquiera tienen la vestimenta adecuada para, por lo menos, mimetizarse entre los presentes. Sin embargo, resulta que esta sociedad es más accesible que la sociedad centralista desde el punto de vista físico y cultural. Estas nuevas ágoras y foros urbanos se acercan a los pobres habitantes de las periferias, pues se emplazan a veces justo al lado de sus propias casas, en medio de la pobreza incluso (¿Qué más periférico que un Sambil en medio de uno de los barrios más pobres de Maracaibo, por ejemplo?), por lo cual por lo menos se ofrece a dichos ciudadanos. El centro de la ciudad muchas veces está vedado debido a que la distancia es tal y el sistema de transporte es tan malo, que el gasto en tiempo es superior a cualquier suma de dinero.

Desde el punto de vista cultural, el lenguaje de los nuevos centros urbanos de la periferia es realmente universal, un lenguaje que hasta un analfabeta cultural puede comprender: el consumo, el hedonismo y hasta el flirteo. El centro comercial, el parque de diversiones, el hipermercado, son todas instalaciones planas culturalmente. El centro, en cambio, exige a sus visitantes una conducta aprendida previa o por lo menos una actitud particular, ya que el centro es significativo en sí mismo. En el centro de Maracaibo está La Catedral, la Basílica, Santa Bárbara, el Monumento a la Virgen, el barrio Santa Lucía, La Plaza Bolívar, con la seda de La Gobernación, La Alcaldía, el Poder Judicial, el Banco Central de Venezuela, el Poder Legislativo Regional, la Casa de la Capitulación y un larguísimo etcétera. Para el hombre inculto del barrio pobre y periférico, entender la importancia de todo aquello es imposible y si lo compara con su cultura de periferia, de barrio, todo le parece insignificante, pues para él lo importante es su cuadra, sus vecinos pobres, sus problemas de inseguridad, sus aventuras sexuales. Para él es mayor el influjo de los colonos extranjeros que se asientan también a su lado, siendo en el caso de Maracaibo la influencia colombiana y wayuu sumamente fuerte, por lo cual el vallenato, la cumbia y la salsa caribeña tienen mayor significado cultural que la gaita, y ya que la única “verdadera gaita maracaibera” se circunscribe a la que se hace en el centro de la ciudad, la de Santa Lucía, la del Saladillo (que ya no tiene exponentes nuevos, quedando solamente los viejos que conocieron y que vivieron en dicho barrio tradicional), este ni siquiera tiene la oportunidad de acercarse a tal manifestación musical.

Y de allí viene la crisis de identidad cultural que caracteriza al mundo moderno. La mayor parte de los ciudadanos del mundo, que somos periféricos, estamos sometidos a una fuerte presión por parte de los puritanistas culturales, de los medios de comunicación, que también se circunscriben de forma hipócrita a dicha corriente, de los viejos de nuestras familias, padres, tíos y abuelos, que nos acusas de ser unos alienados, cuando la verdad, los alienados son ellos.

Hace poco escuché por la radio las quejas de una prominente mujer gaitera de la ciudad, quejándose muy fuertemente ante un periodista, indicando que la Gobernación del Estado Zulia tenía un retraso en el subsidio que el Poder Ejecutivo Regional otorga a los gaiteros por concepto de “mantenimiento de los valores tradicionales” o algo por el estilo. En realidad me sorprendió de sobremanera tanto saber que el gobierno regional gastaba importantísimas sumas de dinero en financiar las actividades parrandísticas de los gaiteros cuando dicho dinero se podría utilizar en muchas otras cosas mucho más prioritarias en la región, a la vez que también me sorprendió escuchar la voz autoritaria de dicha mujer, nada más y nada menos que exigiendo con la más poderosas de las protestas al gobernador que el susodicho subsidio fuera entregado a los gaiteros, puesto que de otra forma no sería posible que estos grabaran a tiempo los discos de la temporada y que salieran a la venta los últimos meses del año, como es tradicional.

La cultura tradicional exige con fuerza y autoridad fundamentada en su autoproclamada importancia y superioridad moral al resto de los simples mortales, por un lado, mantenerlas viva a como dé lugar desde el punto de vista cultural y por el otro, le exige cuantiosas sumas de dinero. Eso pasa, por ejemplo, en el centro de las ciudades, que demandan cantidades gigantes de recursos de la Municipalidad para mantener fachadas y edificios que no pueden mantenerse a sí mismos, porque están vacíos muchos de ellos, porque por sus propias características arquitectónicas no pueden competir con edificios modernos, por lo cual son los edificios más baratos de la ciudad y no producen lo suficiente ni para ser pintados una vez al año ni para mantenernos en condiciones mínimas aceptables. Lo mismo pasa con la gaita, que no puede competir con el pop, con el rock, con el vallenato, con la cumbia, con la salsa, con el merengue, con el reggettón, los cuales producen millones de dólares al año en ganancias, por lo que la gaita exige a la sociedad que ya no la quiere escuchar que la mantenga a como dé lugar en base a que es la gaita la identidad musical de la ciudad y de la región. Aparte de eso, la gaita insulta vedadamente a la sociedad que la mantiene económicamente a pesar de no escucharla, pues cada año, por lo menos dos o tres gaitas se quejan constantemente de que los “jóvenes de hoy en día” no escuchan gaitas y que prefieren “música gringa” o se quejan porque algunos herejes musicales se atreven a tocar “dizque gaitas” introduciendo guitarras eléctricas y sintetizadores para hacerla más atractiva a los jóvenes. De esta forma, la identidad cultural tradicional se encapsula dentro de sí misma, haciéndose cada vez más cerrada y más distanciada hacia la periferia y hacia todos los que nos encontramos en ella, negándose a sí mismas la oportunidad de cambiar. La gaita con guitarra eléctrica automáticamente deja de ser una gaita a los ojos conservadores, pero a los ojos del hombre de las periferias culturales, es una innovación que llama su atención, hasta que escucha la gaita que lo insulta, llamándolo alienado y perverso traidor cultural, por lo cual de nuevo pierde su interés.

Ahora, para el hombre más culto de la periferia, para aquel que tiene internet en su vivienda, para el de clase media, su relación con la identidad no deja de ser problemática tampoco. La sociedad genérica tiene en el ciberespacio un fuerte componente re-potenciador de su naturaleza periférica. Koolhaas dice que la ciudad genérica nace donde el espacio físico colisiona con el espacio virtual. Con eso quiere decir que parte de la naturaleza sedada de la ciudad periférica se debe a las nuevas formas de vivir el mundo y de entender la sociedad. Por ejemplo, una chica joven, digamos de quince años, entiende por socialización a la comunicación en tiempo real con sus amigas virtuales que probablemente viven en México, Estados Unidos o India, mientras que la cultura tradicional no admite esto como socialización, pues no existe contacto directo humano, no existe la audición de la voz directa del interlocutor (sí, me refiero a la comunicación “face-to-face” que aquella infame miss nombró). Por eso la identidad es local, porque se circunscribe a la distancia y a las posibilidades físicas. La identidad cultural necesita del intercambio directo, de valores comprensibles localmente, necesita de espacios públicos locales para armar actividades locales. Pero la cultura genérica desecha el contacto físico directa y prefiere irse de lleno por la simple comunicación de ideas, por lo cual el medio es más importante que el contacto. No importa quién te escuche o te lea, si está a tu lado o al otro lado del mundo, pues lo importante es comunicar ideas de valor más bien universal y de esa universalidad viene lo genérico. Yo mismo, al escribir este blog, refuerzo esta cultura genérica no identificada con ninguna localidad, aunque describo mi realidad local pero más a manera de ejemplificación que como forma de intercambio real de identidad. ¿Cómo es eso? Pues por ejemplo, a lo largo de este artículo he nombrado una y otra y otra vez la gaita, una expresión musical propia de la región en la que vivo, pero si este artículo llega a leerlo alguien de Argentina, por ejemplo, este igual no tendría ni idea de cómo es este ritmo, pues no lo describo, ni coloco ni colocaré un ejemplo en esta página de dicha música, simplemente transmito la idea, es decir, trasmito estrictamente lo GENÉRICO (es una expresión musical local) pero al no referir más nada, no estoy compartiendo la verdadera identidad cultural detrás de la gaita. ¿Y por qué no coloco un ejemplo, un link a youtube, por ejemplo? Porque estoy seguro de que al lector seguramente no va a importarle en sí como es la gaita, porque lo importante son las ideas que transmito, no la identidad cultural que dichas ideas describen. Así vivimos los hombres de las periferias culturales, frente a una computadora, intercambiado ideas genéricas con otros, culturalmente planos, sin identidad. Tenemos textura en la medida en que nuestras ideas son interesantes, nuestros escritos inteligentes y novedosos y nuestras palabras tienen cadencia y ritmo intelectual. Eso explica, por ejemplo, por qué en bicácoras.com, los blogs con temáticas universalistas tienen más éxito que los blogs localistas. Hace poco me topé con un blog acerca de un padre que publicaba fotos de sus hijos y aunque me pareció lindo, lo pasé por alto, porque en el fondo, no me interesa conocer la vida privada de esa gente, no me importa en donde viven ni lo que hacen y tampoco me interesan ni sus hijos ni él mismo. Ese blog tenía una gran cantidad de post durante varios años, pero noté que no tenía ni un solo comentario de ninguna persona. Ese blog, por lo tanto, está destinado a ser conocido y visto solo por sus propios participantes, para placer de ellos mismos. Es un fenómeno extraño, pues usan un recurso de comunicación global para realizar actividades estrictamente locales. Aún así, no es diferente de simplemente mostrar las fotos directamente impresas sobre papel a los vecinos y amigos, porque a los demás, nada nos importa.

Ahora bien, ¿Qué es lo positivo de todo eso? A pesar del llantén y las pataletas armadas por los conservaduristas culturales y de la identidad, la cultura genérica ha logrado mejorar las condiciones de vida de cientos de personas en todo el mundo, no sólo desde el punto de vista físico, sino desde el punto de vista social y hasta económico. Comenzando en lo más obvio, la ciudad genérica ha logrado descongestionar el centro en aquellas ciudades y países que han elaborado políticas racionales en ese sentido. La ciudad de Londres, por ejemplo, dice Koolhaas, está en un proceso de ser cada vez menos Londres, haciéndose cada vez más genérica, identificándose hoy en día como una de las ciudades con mayor crecimiento en calidad de vida gracias a las profundas transformaciones de su ambiente físico. En Londres no solo el centro es importante, como ocurre por ejemplo, en París, que es el caso contrario. En Londres, cada sector de la periferia tiene las mismas oportunidades, ya que todo es la ciudad, hasta el punto más alejado del centro. Cuando Koolhaas dice que Londres es cada vez menos Londres, indica que hoy en día, cuando se piensa en dicha ciudad, ya la gente no piensa solamente en el Big Ben y en el Ojo de Londres, sino que la ciudad se expande hacia las periferias, hacia los nuevos símbolos de modernidad, hacia los rascacielos periféricos de Londres, que la identifican. París es lo opuesto. París está en proceso de convertirse en una Hiper-París según Koolhaas. Eso significa que París se convierte hoy en día en un centro fuertemente centralista que tiraniza al resto de la ciudad, que es mucho mayor que la ciudad intramuros. Es tal ese egocentrismo urbanocentrista, que aún hoy en día muchos llaman París exclusivamente a la zona central de la ciudad, mientras que el resto tiene diversos nombres dependiendo de los Quartiers en los que se encuentran. La cuestión es que el centro literalmente chupa toda la energía de la ciudad, todo su dinero, todos recursos, dejando a las periferias muchas veces sumidas en una situación tan desesperada, que no nos deberían extrañar las recientes escenas de vandalismo sufridas en las periferias de dicha ciudad, en donde la desesperación social llega a extremos terribles en medio de una nación desarrollada.

Ya desde el punto de vista cultural, la sociedad genérica tiende a ser mucho más inclusiva que la sociedad tradicional, puesto que no exige más nada al ser humano que simplemente participar en algunos parámetros mínimos de intercambio, mientras que la tradición usualmente pide incluso sacrificios mayores a sus hombres y mujeres cautivos. Hoy en día vemos de hecho países enteros que se están levantando gracias a la aceptación de lo genérico de sus sociedades. En 1994 Koolhaas identifica a los países asiáticos como los más genéricos y hoy en día esto sigue siendo así, pero se le han agregado a la lista otras naciones occidentales, utilizando estrategias novedosas. Me refiero a Canadá y Australia, que compiten en un nuevo mercado posible solo en medio de un mundo culturalmente genérico. Es el mercado de cerebros. La técnica utilizada por estos dos países consiste básicamente en seducir con sus condiciones de vida a los mejores cerebros de los países del tercer mundo, trayéndolos a sus predios y beneficiándose aumentando su escasa población por un lado y obteniendo inteligencia por la cual no tuvieron que pagar nada. Este mercado es muy positivo en un mundo como el nuestro, pues implica la posibilidad de mejorar la calidad de vida de miles de personas literalmente presas de sus propias sociedades incompetentes y cerradas, verbigracia la latinoamericana, que contribuye anualmente con una fuerte cuota de mentes brillantes a estas dos naciones. Acá en Venezuela muchos personeros del gobierno han acusado indirectamente a dichos países y a otros que utilizan técnicas similares pero no tan abiertas de ser “ladrones” de cerebros, sin embargo, esto no es más que un intento de justificar una realidad que tiene que ver más con la propia realidad de nuestro país que con las tácticas “sucias” de otras naciones. La verdad es que el hombre genérico es un cerebro independiente de la identidad y por lo tanto tiene un poder de decisión sobre su propia vida nunca antes visto, tiene juicio sobre las cosas, porque tiene la información en sus manos. No depende del chisme ni de los rumores, porque tiene forma de llegar directamente a la fuente de las informaciones, por lo cual, el hombre de la sociedad genérica es tremendamente poderoso, lo cual aterroriza a la identidad cultural, puesto esta siempre necesita ser más poderosa que el hombre que le sirve. Siguiendo con el ejemplo de la gaita, el hombre periférico ha descubierto que existe mucha música en el mundo, que viene de Europa, de Estados Unidos, de Japón de China e India, y se ha dado cuenta llana y simplemente de que esa música extranjera le gusta más que lo que siempre escuchó. ¿Qué puede aterrorizar más a un gaitero, que como todo folklorista, no tiene más que un método estanco de producir su artesanía musical y que por lo tanto no puede competir con la estimulante variedad del resto del mundo?

Venezuela, al igual que otros países latinos, es profundamente localista, profundamente conservador y he allí el meollo de nuestra desgracia como nación. Estamos en manos de los hombres y mujeres más puritanos de nuestra sociedad, tan puritanos que han llegado incluso a revivir ideologías “ultra-endogenistas” (verbigracia la economía endógena, los Concejos Comunales, el Cooperativismo, el anti-tecnicismo tan de moda en Venezuela gracias al influjo ideológico del gobierno), haciendo cruces y cara de asco a todo lo que es globalización y cultura genérica. Unos países se dicen socialistas, como Venezuela, en manos en realidad de una clase caudillística propia de la tradición bolivariana del siglo XIX, otros se dicen Capitalistas, como Colombia, en realidad en manos de mercantilistas propios del siglo XVII. La verdad, es que todos reaccionan igual ante el mismo impulso globalizador del mundo actual, en el cual las sociedades cerradas como las nuestras muestran cada vez con mayor evidencia su error y su fracaso es más devastadoramente notorio para todos. Y he allí la fortuna de los hombres pertenecientes al mundo genérico, que somos planos culturalmente y por lo tanto, no pertenecemos a nación alguna, no somos de ningún país específico y no tenemos identidad cultural, que somos muy poderosos y que nos hemos dado cuenta de que nuestros cerebros nos pueden dar la posibilidad de moverlos con cierta libertar por el mundo hacia otros países, por qué no juzgarlos así, mucho mejores que los nuestros. Caemos igual en Australia como en Canadá como en cualquier parte del mundo abierta a nosotros. Pero el infortunio es de aquellos atrapados en su ignorancia o en su resistencia ciega, cautivos en lo que Koolhaas llama la trampa de ratones llamada identidad cultural.

martes, 10 de agosto de 2010

JUSTO LO QUE EL MUNDO NECESITABA: ¡OTRO BLOG!

Así es. Justo en el momento en el que el mundo se debate entre diversos temas, en los cuales uno de los principales problemas que enfrenta la sociedad de la información es, exactamente, el exceso de información, vengo yo y no se me ocurre otra cosa sino crear otro blog.


Esta pequeña bitácora no será, sin embargo, más que un intento por organizar mis ideas sobre diversos puntos, casi todos concernientes a los asuntos sociopolíticos que de alguna forma nos afectan a todos en este convulsionado, tragicómico (no se si más trágico o más cómico) y desdichado país llamado Venezuela, aunque por supuesto, asuntos internacionales también se verán acá analizados por mi “agudo” juicio.

Espero que no se lo tomen a mal, mis queridos lectores, pero muchos de estos asuntos no serán tratados de la forma convencional, sino desde el punto de vista de quien les escribe, que, como notarán en mi perfil (si es que existe alguien en el mundo que lee los perfiles en los blogs), pertenezco a tantas minorías que es increíble que aún esté vivo en esta sociedad tan intolerante. Ha de ser porque soy silencioso, pacifista y trato de no exponerme mucho. Como habrán visto, allí me describo como lo que soy, un racionalista antiromántico, un escéptico, un liberal, un ateo y, de paso, homosexual. Con todo esto, creo que soy todas las cosas que la mayoría de la gente considera malas y sin embargo, acá estoy, exponiéndome al escarnio público, pero definitivamente libre de hacerlo por mi propia voluntad y esperando poderme abrir un nicho entre la multitud de bitácoras similares a estas cuyo único fin, en el fondo, no es más que enaltecer a quien escribe y verter en el resto del mundo las ideas que pensamos muchas veces sin decirlas. Bienvenidos a todos por igual, incluso a quienes me odian por ser lo que soy, igual, a través de Internet nadie muere.